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Kinesionomía Clínica

La KINESIONOMÍA® CLÍNICA.

Se orienta a los cuidados de los pacientes hospitalizados que presentan déficits neurológicos y/o motores y concierne particularmente al personal que se ocupa de los cuidados: enfermeros/as. Facilita su trabajo teniendo en cuenta las necesidades individuales de los pacientes de ser cuidados de una forma adaptada a su personalidad y a su problema.
La aplicación de la kinesionomía clínica engloba toda una serie de acciones y movilizaciones bien adaptadas al fin, que cuentan con la intencionalidad vital* del paciente en un ambiente confirmante utilizando, de forma adecuada y eficaz, los bucles sinérgicos respetando las leyes dinámicas de las palancas y de la gravedad terrestre; una puesta en marcha de las propias facultades para moverse, y esto en el contexto de la fenomenalidad de reencuentro haptonómico.

De este trabajo deriva una facilitación de los cuidados del paciente que redunda en una asistencia más humana y con disminución de lesiones laborales en los cuidadores.

La kinesionomía® es la parte de la haptonomía que estudia los comportamientos y conductas afectivas humanas relacionados con el movimiento a través de actos y de acciones de encuentros, interacciones y relaciones humanas.

 

Es la ciencia de los comportamientos por los que los humanos, a través de sus movimientos expresivos y comunicativos, se actualizan o – en tanto que personas – se actúan, de forma individual.

Como aplicación de la fenomenalidad haptonómica muestra el elán vital de los humanos en los movimientos de su corporalidad animada, utilizando de una forma específica la inervación psicomotora que hace posible sobrepasar los límites anatomofisiológicos. Gracias al auxotonus happerceptivo del terapeuta y permite mediante una invitación anticipante realizar acciones en común con el paciente.

Su utilidad se muestra particularmente en la kinesionomía clínica, en el acompañamiento perinatal haptonómico, en la hapto-obstetricia, en la haptosynesia y en la haptopsicoterapia.


Kinesionomía clínica

“Al principio, algunos me aterraban. No veía en ellos más que a los carceleros de mi prisión, los auxiliares de un abominable complot. Más tarde, odié a otros cuando me retorcían un brazo al pasarme a un sillón, o me olvidaban una noche entera delante del televisor, abandonado en una postura dolorosa a pesar de mis degeneraciones. Durante algunos minutos o algunas horas los habría matado. Después, el tiempo engullendo las rabias más frías, los convertía en familiares que cumplían mal que bien su delicada misión: aliviar un poco nuestras cruces cuando nos machacan demasiado los hombros”.

Jean-Dominique BAUBY.

En: Le scafandre et le papillon.

(Ed. Robert LAFONT)

Así veía este periodista “en coma” tras un accidente de tráfico a sus cuidadores, antes de morir a causa de sus lesiones. El valor de estas palabras reside en la forma en que se escribió este libro. Este paciente, que había sido diagnosticado de coma profundo, consiguió contactar con una persona y a través de guiños de ojo logró comunicarle su deseo de escribir su experiencia como paciente. Gracias a esta argucia pudo redactarle este libro, que revela de forma cruel la dureza de la situación a la que se ven sometidos muchos pacientes. Su lectura es un testimonio de gran valor que debería ser obligada para los que nos dedicamos al cuidado de la salud, no vaya a ser que descubramos esta cruda realidad si algún día la vida nos lleva a la situación de pacientes en lugar de la de cuidadores.

La kinesionomía clínica fue fundada por Frans VELDMAN como una aplicación de la fenomenalidad haptonómica a los cuidados de enfermería. Estos cuidados son dispensados por los/as enfermeros/as a la cabecera de la persona enferma o encamada.


“Festina lente” (deprisa, pero lentamente, Augusto, 63-14 dc.).

“Vísteme despacio, que tengo prisa” (Felipe II).

Nuestra experiencia habitual en los cuidados de enfermería está marcada por criterios económicos de “efectividad”, de productividad. Hay que “actuar pronto y rápido”. En este ambiente poco o nada podemos hacer para ocuparnos del paciente como persona, por ello los cuidados son generalmente dispensados de forma técnica y anónima, aunque el cuidador ponga en ellos toda su solicitud, interés, educación y simpatía. Una jornada laboral realizada en estas condiciones es demasiado dura. Para el paciente, a menudo, “abandonado” en el hospital por sus familiares, el momento de los cuidados, del aseo, de las comidas, etc. constituye una posibilidad de intercambio con otras personas - a veces, el único momento en que puede salir de su aislamiento - que espera con impaciencia, aunque esos cuidados le puedan deparar un cierto grado de molestia o dolor por las limitaciones inherentes a su enfermedad o impotencia. Cuando esos cuidados son realizados a toda prisa, un sentimiento de frustración puede instaurarse. Los criterios de rentabilidad, en estas condiciones, se oponen a la calidad humana de los cuidados, de los que el paciente está fuertemente necesitado. El encuentro humano no tiene sitio en este proceder habitual. Esto resulta también frustrante para el cuidador, quien a base de repetir los mismos gestos sobre pacientes-objetos, puede verse frustrado a su vez en sus aspiraciones profesionales. La rutina y el tedio se pueden instalar en él.

No debemos olvidar que es precisamente el personal de enfermería el que pasa más tiempo al lado de los pacientes y el que más contacta con ellos, mientras que la labor del médico se limita a breves intervenciones, muchas veces demasiado técnicas. Basta con observar una visita realizada en una habitación del hospital, el médico pasa como una exhalación, siendo la enfermera la que realmente conoce al paciente y sabe de sus penas y sentimientos. En España solemos hablar de “visita de médico” para referirnos a un encuentro demasiado breve.

Por otra parte, la prolongación de la esperanza de vida aumenta la población de la tercera edad; el ritmo trepidante de nuestra vida llena los hospitales de accidentados, muchas veces con graves y permanentes secuelas, el número aumenta cada día, y especialmente los fines de semana. El trabajo de asistencia se ve incrementado imparablemente y los criterios de eficacia se instalan de forma ineludible. ¿Cómo dar respuesta a esa demanda?. Cualquiera de nosotros que haya sido hospitalizado conoce bien la situación, situación de la que los profesionales no solemos ser conscientes, hasta que pasamos por esta experiencia. La calidad humana y afectiva de nuestros cuidados no cuenta para nada en este mundo de efectividad. La motivación profesional también está en peligro.

Se habla de “manutención” de los pacientes. El término manutención del latín “manutener” significa, según una acepción del Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia: “conjunto de operaciones de almacenaje, manipulación y aprovisionamiento de piezas, mercancías, etc. en un recinto industrial”. La pregunta es: ¿nos gustaría a nosotros ser “mantenidos”?.

¿Cómo recuperar el trabajo en un reencuentro humano confirmante y que dé seguridad al paciente en dificultades?. ¿Cómo aliviar al que sufre sin aumentar su padecer?. Ésta es la pregunta que nos planteamos y a la que queremos dar respuesta desde la fenomenalidad haptonómica en una de sus aplicaciones.

La kinesionomía clínica es un acercamiento específicamente orientado hacia la práctica de los cuidados de enfermería. Tiene en cuenta la forma en que las personas se expresan y se revelan en sus movimientos y su forma de ser, en función de las limitaciones derivadas de su enfermedad o handicap.

Se basa en la fenomenalidad práctica de la haptonomía; pone en juego un contacto muy específico que invita a la persona cuidada a poner en acción, en interacción con el cuidador, sus propios recursos vitales.

El acercamiento kinesionómico integra la anatomía del movimiento (kinestesia) y las leyes físicas de las palancas y de la gravedad terrestre en una calidad de encuentro que instaura confianza y seguridad interior, y transforma la vivencia de la relación de los cuidados; tanto para el paciente, cuyos recursos vitales son movilizados, como para el cuidador, en el que el esfuerzo se ve notablemente disminuido.

Se trata pues, de un acercamiento diferente a los pacientes del que habitualmente conocemos y practicamos, que tiene en cuenta la personalidad del paciente y sus posibilidades para realizar los cuidados en interacción con el cuidador, realizando un trabajo en el que participan cuidador y cuidado, y en el que el paciente no es manipulado como un objeto inerte, sino que se permite que sea él quien participe según sus limitaciones, recurriendo a su intencionalidad vital, y esto de forma personalizada. El deseo de vivir y el elán (impulso) vital son solicitados en cada acción, por lo que el paciente puede responder participando de forma espontánea, evitando cualquier tendencia a la pasividad o a la sumisión al poder profesional.

La kinesionomía (de kinésis = movimiento y nomos = ley, norma) es la parte científica de la haptonomía que estudia los comportamientos y conductas afectivas humanas a través de actos y de acciones de encuentros, interacciones y relaciones humanas.

La aplicación de la kinesionomía clínica engloba toda una serie de acciones y movilizaciones bien adaptadas al fin buscado, que cuentan con la intencionalidad vital del paciente en un ambiente confirmante utilizando, de forma adecuada y eficaz, los bucles sinérgicos, respetando las leyes dinámicas de las palancas y de la gravedad terrestre; se trata pues de una activación de las propias facultades para moverse, y esto en el contexto de la fenomenalidad de reencuentro haptonómico.

De este trabajo deriva una facilitación de los cuidados del paciente que redunda en una asistencia más humana y con disminución de la probabilidad de lesiones laborales en los cuidadores.

La kinesionomía clínica tiene en cuenta las particularidades que cada paciente muestra a través de sus gestos, de su mímica y de su comportamiento.

El cuidador desarrolla su presencia en el espacio, de forma que el paciente se siente concernido y en seguridad por esta presencia que se dirige específicamente a él y que le hace sentirse más distendido. Las crispaciones de su cuerpo, debidas a la enfermedad o al dolor dejan paso, gracias a la confianza establecida, a un tono muscular más flexible que facilita la realización de las diferentes movilizaciones y cuidados.

Una invitación clara del cuidador permite una respuesta clara del paciente, despierta su intencionalidad vital, lo que le permite responder de forma justa y adecuada, anticipándose de forma natural, y sin participación de la reflexión, al movimiento que le solicitamos. Los pacientes son respetados en su dignidad humana, se sienten más seguros y conformados como personas, dejan de estar limitados a sus síntomas o a su enfermedad y se sienten dispuestos a participar en los cuidados, de forma que podemos “hacer algo juntos” y lejos de cualquier manipulación de su cuerpo.

Esta forma de actuar, de cuidar, de dirigirse al paciente como persona humana permite la realización de los cuidados de forma natural y simple, con la participación activa del paciente, lo que supone gracias a ese tono más flexible, una notable disminución de los esfuerzos a realizar, así como del dolor del paciente. Este último no es tratado como un objeto o un paquete al que se le porta, transporta, mueve, moviliza, etc. sino como un ser humano que colabora activamente en sus cuidados, de forma adaptada tanto a su personalidad como a sus necesidades que son diferentes a las de otros pacientes. Por ello la kinesionomía clínica no es un método o técnica de los cuidados de enfermería, sino más bien el desarrollo de un arte de los cuidados. Se pretende que los cuidados que propone la kinesionomía clínica lleguen a ser una actitud integrada en el trabajo de cada profesional una vez que ha desarrollado la aptitud necesaria para el desarrollo de esta enseñanza.

El confort del paciente aumenta tanto en el plano físico como en el psíquico. Las acciones propias de los cuidados de enfermería se transforman así en un momento de encuentro entre dos personas: cuidador y cuidado, que supone una notable disminución de los esfuerzos a realizar. Esta disminución de la fuerza a aplicar en las movilizaciones protege a cuidador y cuidado de lesiones derivadas de acciones demasiado bruscas necesarias para movilizar un cuerpo inerte o casi inerte. No olvidemos que la mayoría de los pacientes están muy debilitados o son muy frágiles y que las lesiones laborales (musculares o vertebrales: hernias, lumbalgias, etc.) en los cuidadores, son frecuentes.

Por otra parte esta forma de actuar, además de suponer una disminución del esfuerzo, conlleva un considerable ahorro tanto del tiempo que hay que dedicar a cada movilización, como del número de cuidadores que participan en cada acto o gesto durante los cuidados.

El cuidado practicado deja así de ser un “cuidado técnico” sin más, para convertirse en un “cuidado relacional” que tiene en cuenta al paciente como persona, lo que en la actualidad y debido a la enorme presión asistencial, raramente tiene el tiempo de hacer. Los cuidados así practicados son más eficaces y agradables tanto para el paciente como para el cuidador. El camino a una asistencia más humana está abierto. No debemos olvidar tampoco la influencia que esta forma de actuar tiene en la disminución de la incidencia del “síndrome del quemado” o “burn out”, tan frecuente en nuestro medio laboral.

La respuesta a la cuestión planteada más arriba puede responderse ahora de forma justa: Establecer con el paciente una relación recíproca humana que respete su individualidad y dignidad, sus condiciones y posibilidades, dándole sitio, es decir invitándole y solicitando su intencionalidad vital para que pueda acceder a sus propios recursos.

La kinesionomía clínica nos permite mejorar la calidad de nuestra asistencia profesional: los cuidados serán aplicados con más solicitud, presencia, afectividad y eficacia. Los pacientes se beneficiarán de este trabajo que les implica directamente, ya que se les pide que sean ellos los que “hagan” también con nosotros, y este “esfuerzo”, esta “exigencia”, no va a ser mal vivida, más bien al contrario: esta participación - que tiene en cuenta los propios límites de los pacientes - les ayuda a salir de su estado de pasividad. Pueden colaborar en el proceso que sufren para recuperarse más rápidamente o para soportarlo mejor. La sensación de seguridad que deriva de esta relación, de esta confirmación, el respeto para ellos, la prudencia, los cuidados adaptados a cada paciente, etc., les ayuda a vivir mejor su handicap.

Quiero aquí insistir en lo ya dicho, ayudándome de una cita de Balzac, quien escribía que para muchos enfermos “…el mundo comienza en la cabecera de su cama y termina en los pies”. Tras una mañana sentados en un sillón, o una noche en la cama, esperan con impaciencia la llegada de alguien que les va a proporcionar un cuidado. El más mínimo gesto, el mínimo cambio de postura constituye un alivio. El cuidador es esperado – la mayoría de las veces – como una bendición del cielo, incluso aunque sea demasiado serio, rígido, demasiado profesional o se limite a realizar su misión de una forma técnicamente perfecta, incluso aunque los pacientes sean tratados como objetos, como paquetes, sin estar presente para ellos y se marche inmediatamente después de terminar su acto de asistencia; repito: su llegada es esperada. Si nosotros podemos, sin esfuerzo, de forma espontánea y natural añadir algo más, algo tan sencillo como lo que nos propone la kinesionomía clínica, nuestro trabajo será más cómodo y eficaz. Pero esta actuación va más allá de la comprensión, la piedad y la compasión. No se trata de apiadarse del “pobre paciente”, sino de tratarle como a un semejante, restituyéndole su sitio en el mundo y su dignidad como persona.


A modo de resumen, expondré de forma sucinta los beneficios que la kinesionomía clínica aporta tanto al paciente, como al cuidador y a las instituciones.

Para el paciente:

  • se siente respetado en su dignidad de ser humano,
  • se siente confirmado como persona,
  • es tratado en su globalidad, no como un objeto, con un acercamiento que le da seguridad,
  • es aceptado con sus limitaciones y realmente respetado,
  • puede poner en práctica sus propios recursos en la medida de sus posibilidades y gracias a la utilización de su elán (impulso) vital,
  • su autonomía e individualidad son respetadas,
  • la movilización le supone un menor esfuerzo y dolor y,
  • la comodidad aumenta tanto en el plano físico como en el psíquico.

Para el cuidador:

  • la variación de su tono muscular - unida a la presencia específica de la kinesionomía clínica y a los gestos bien adaptados a cada situación y realizados con la participación activa de los pacientes - disminuye los factores de riesgo muscular o vertebral (lumbalgias, hernias, etc.), que habitualmente se unen a las maniobras que implican las movilizaciones de “cargas”,
  • tiene la ocasión de unir al “cuidado técnico” el “cuidado relacional”, lo que a menudo no puede hacer por falta de tiempo,
  • esta calidad de interrelación entre cuidador y paciente permite una cooperación que abre un camino de solicitud y de asistencia humana,
  • el trabajo, duro del cuidador, se ve facilitado y es vivido por éste con más “placer”, puesto que ya no tiene que “hacer en o sobre”, sino “hacer con”,
  • la rutina del trabajo diario, de los actos repetidos de forma mecánica y automatizada se transforma en una vivencia diferente con cada paciente,
  • aumento de la calidad asistencial,
  • disminución del riesgo de padecer el “síndrome del quemado” o “burn out”, en definitiva: mayor satisfacción en la realización de su trabajo.

Para las instituciones:

  • ahorro del tiempo invertido en los cuidados,
  • disminución del número de cuidadores necesarios para las distintas movilizaciones,
  • disminución del número de horas de baja laboral por lesiones y “síndrome del quemado”,
  • aumento de la calidad asistencial,
  • en definitiva: mayor efectividad gracias a la afectividad.

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